lunes, 27 de abril de 2015

Conquistando lo imposible (Capítulo I)

Capítulo I


E
ra un día como otro cualquiera, frío, húmedo y con poca luz. Pero, ¿qué se podía esperar del tiempo londinense? Y sobre todo allí, tan cerca del río y de la agitada ciudad.
La joven suspiró lánguidamente y desvió la mirada de la labor de costura que tenía en las manos: un bordado que no terminaba de coger forma, pues ella no acertaba a dar más de tres puntadas seguidas. Sin duda alguna, Rose prefería coser o zurcir.  En realidad, prefería hacer cualquier cosa que fuera realmente útil y que no la frustrara tanto como aquello. ¿Para qué demonios le iba a servir el saber bordar mariposas en los manteles? Era mucho más útil saber hacerlos, no dejarlos bonitos. Todo aquello no servía para nada salvo, quizá,  para perder el tiempo.
Rose volvió a suspirar y dejó que su mirada deambulara por el paisaje urbano que había más allá de la ventana. Últimamente pasaba todo su tiempo así: intentando bordar alguna tontería mientras observaba las maravillas de detrás del cristal. Unas maravillas que ya conocía, no solo por los libros que leía, sino también por los continuos viajes en los que se había embarcado con su padre.
Y ahora…, después de tanto tiempo dando tumbos, después de desear con ahínco la estabilidad, Rose reconocía que echaba de menos todo aquello. Añoraba aquellos días en los que podía salir a pasear vestida de cualquier manera, sin peinar y con los labios manchados de frambuesas, esos días en los que su opinión era tan válida como la de cualquiera, y en los que no importaba si se equivocaba o no. Sí... la verdad es que echaba de menos su vida anterior y la libertad que la caracterizaba.
—Rose, ¿estás bien? —Una voz suave surgió tras ella, haciendo que la joven diera un respingo, asustada, y que dejara caer la labor.
—Eh… sí, claro. Discúlpeme, padre, estaba distraída. —farfulló rápidamente y recogió el paño sin ganas. Después lo sacudió y volvió a acomodarlo en su regazo.
—Ya veo. —musitó él a su vez y volvió la vista hacia sus libros, que poco a poco se amontonaban en la mesita del estudio. Unos segundos después volvió a mirar a la joven, ésta vez con curiosidad. Su hija acostumbraba a abstraerse, pero nunca lo había hecho durante tanto tiempo, ni tan profundamente. Contempló su gesto distraído durante unos segundos y sonrió—. ¿Seguro que estás bien?
Rose volvió a asentir, ésta vez más hoscamente, y dejó la labor sobre la repisa de la ventana. Sus ojos, grandes y oscuros, se clavaron en el hombre que ahora le daba la espalda. Vandor Drescher: un escritor de renombre conocido en toda Holanda, Francia, y ahora, allí, en Inglaterra. Inevitablemente, el orgullo  y la calidez reverberaron en ella. Gracias al trabajo de su padre podrían vivir cómodamente durante un tiempo sin tener que hacer ningún tipo de esfuerzo. Eso no significaba que fueran ricos, ni mucho menos, pero sí era cierto que no tenían que preocuparse de no tener un plato en la mesa. Sin embargo, el hecho de que estuviera encerrada en casa también se debía a él y a esas estúpidas normas que, últimamente, había implantado.  
Al recordar ese último detalle, Rose frunció el ceño y dejó escapar un leve bufido. El éxito que había tenido Vandor en la sociedad londinense les había puesto en un compromiso. Día sí y día también ambos eran invitados a múltiples reuniones o a fiestas en los que primaba la etiqueta y el decoro. Pronto todo esto se convirtió en un problema ya que, con el paso de los años, Vandor descubrió que la educación de una adolescente para tales eventos no era algo sencillo.
A decir verdad, Rose nunca había dado problemas en cuanto al aprendizaje. Era una Drescher, y eso significaba inteligencia, buena disposición y memoria. Sin embargo, la pequeña también poseía un carácter fuerte, tenaz, orgulloso y, a menudo, terriblemente difícil. Sus padres lidiaron con sus defectos como pudieron pero, al vivir en un pueblo donde escaseaban los recursos, Rose creció con una inusitada libertad.
Sin embargo, la auténtica odisea empezó tras la muerte de la señora Drescher durante una epidemia de gripe. Vandor, aunque idolatraba a Rose, su pequeña, nunca había actuado realmente como padre y tutor así que, cuando su mujer murió, los problemas se acentuaron enormemente.
Rose sacudió la cabeza al recordar cómo toda su vida había cambiado en apenas un par de meses. A pesar de que ella era muy pequeña, fue plenamente consciente del sin vivir de su padre: por un lado, la agonía de no tener a su mujer a su lado, y por otro… la alegría que le había supuesto enterarse de que se había convertido en una celebridad en Holanda. Eran demasiadas cosas y, evidentemente, no podía con todo. Era imposible mantener viva a su familia y aún así tener buenas relaciones con ella. Por eso mismo, y aunque le dolió hacerlo, decidió contratar a una nodriza que se hiciera cargo de su hija mientras él viajaba.
Al principio solo lo hizo a ciudades cercanas, a dar pequeñas conferencias o a firmar algunos ejemplares y, según pasaba el tiempo, lo hizo a ciudades más lejanas e incluso a la capital, donde permaneció durante meses. Su éxito subió como la espuma y poco a poco  su fama se extendió a los países vecinos, llegando a Francia e Inglaterra en poco tiempo. El dinero empezó a correr a manos llenas y eso terminó de convencer a Vandor para que se dedicara profesionalmente a la literatura, aunque eso supusiera pasar aún menos tiempo en casa.  
Mientras tanto, Rose creció de mano de su nodriza que, debido a su origen humilde, fue incapaz de enseñarle nada de protocolo o etiqueta, pero sí otras cosas como coser o administrar una casa decentemente. No obstante, aquellas enseñanzas que eran tan útiles para otras mujeres, no servían de nada en la alta sociedad. Rose sabía coser, cocinar, hablar de literatura y caballos…, pero era incapaz de acatar normas, de no decir todo lo que pensaba, y de soportar las injusticias de ser mujer. Era, precisamente, el tipo de mujer que más destacaría en la aristocracia.
 Así pues, cuando Vandor recibió su primera invitación para ambos a una de esas fiestas, se vio obligado a declinarla alegando que su hija se hallaba indispuesta. Esa fue la única manera de evitar las habladurías que podían empañar su recién adquirido nombre y fama.  
Finalmente, tras recapacitar mucho, Vandor decidió que sería buena idea ampliar los conocimientos de Rose: le enseñó varios idiomas, aritmética, filosofía y poesía, suponiendo que eso era lo que le abriría las puertas de la sociedad. Pero se equivocó. Cuando Vandor recibió una segunda invitación, se dio cuenta de que nada de lo que le había enseñado servía sin algo, que él, como hombre, no necesitaba de manera tan acuciante: modales y etiqueta.
Fue una velada bochornosa en la que Rose se equivocó con la cubertería, discutió con uno de los lores sobre caballos, y donde tuvo que soportar muchas carcajadas a su costa. Por primera vez  Rose sintió el amargo sentimiento de la humillación. Y decidió que no volvería a pasar por ello.
Poco a poco, impuso su empeño en aprender las bases de la sociedad. Al principio fue gracias a los libros que su padre le traía y, después, fue el mismo Vandor  quien se empeñó en ayudarla. Se había dado cuenta de lo equivocado que estaba y no iba a permitir que su hija creciera sin esperanzas de encontrar un buen marido por un error que era solo suyo. Al menos no si él podía evitarlo.
Pasaron los meses y con ellos, las estaciones. Rose seguía aprendiendo, practicando y perfeccionando sus modales hasta que, de pronto, no tuvo nada más que aprender. Había cumplido los dieciocho años y ya podía decirse que casi era una dama. Solo necesitaba una presentación en sociedad apropiada... que no tendría lugar hasta la siguiente temporada londinense. Aún quedaban unos meses para que ésta se inaugurara, así que Rose,  muy a su pesar, tendría que quedarse en casa hasta que su padre organizara una pequeña recepción que la convertiría oficialmente en una dama.
—Padre, son casi las doce. —comentó Rose con toda la sutileza que pudo. Siempre era mejor tantear el terreno antes de hacer nada, especialmente si se tenía algo "poco correcto" en mente—. ¿No sale hoy a pasear? —preguntó, sabiendo que, según la costumbre de su padre, quedaban pocos minutos para que se cansara de sus libros y saliera a tomar el aire. Un paseo que siempre duraba una hora. Una maravillosa hora de libertad.
Vandor levantó la cabeza y miró el reloj de pared. Su gesto reflejó sorpresa y se levantó de inmediato mientras ordenaba un enorme fajo de papeles.
—¡Vaya! No pensé que fuera tan tarde. —musitó y se acercó a la joven para darle un ligero beso en la coronilla—. Dile a Dotty que prepare algo de comer.
Rose sonrió satisfecha, pero se obligó a no moverse de la silla y no dejar entrever su entusiasmo. Aún era pronto y no quería levantar sospechas que pudieran suponerle un problema para después.
—Como desee. —contestó con docilidad y esperó a que su padre se girara. Su sonrisa pícara se amplió en cuanto lo hizo.
Vandor echó una última mirada a su hija, que había vuelto a coger su labor, y asintió conforme. Estaba muy orgulloso de su buen comportamiento, ya que sabía que ésa era una de las cualidades que más se valoraban en una mujer casadera. Sonrió, cogió su gastado sombrero de copa y su abrigo y, tras echar una última mirada a la habitación, se marchó. Definitivamente, su hija, ésa que había sido rebelde y obstinada, se había convertido en una auténtica dama.
—¡Por Dios! ¡Ya iba siendo hora!—farfulló y se levantó. Un par de mechones rojizos se soltaron del moño y cayeron sobre su rostro.
Frustrada, puso los ojos en blanco, resopló y los colocó tras la oreja con impaciencia. Ya tendría tiempo de peinarlos después, cuando llegara a casa. Y si no lo hacía… bueno, ya encontraría una excusa apropiada que explicara por qué iba tan despeinada. Seguro que tenía alguna guardada en su repertorio. La joven se estiró, precisamente como no tenía que hacerlo, y subió a su habitación tan rápido como le permitían sus pies. Su hora de libertad acababa de empezar y ella valoraba mucho ese tiempo. Eran los únicos momentos en los no tenía que mentir para agradar, ni fingir que estaba a gusto con la vida que llevaba.
Tras colocar el bordado en el cajón de la cómoda del saloncito, Rose pasó como un huracán por su habitación, de donde cogió un sombrerito y un velo de gasa, además de un pequeño monedero. Después, cuando se aseguró de llevarlo todo, esquivó a un par de criados que deambulaban por la habitación de su padre y se escabulló hacia la puerta trasera de la cocina.
En su fuero interno sabía que lo que hacía no estaba bien. Que su padre montaría en cólera si se llegaba a enterar de sus continuas escapadas. Quizá por eso le gustaba tanto hacerlo... Porque era una manera de sentirse viva, de recuperar la rebeldía que tantas veces había guiado su vida. Quizá también era para llamar la atención de su padre, para que éste se diera cuenta de que aquella situación no era lo que ella deseaba. Rose quería libertad, no vivir entre aquellas cuatro paredes, y  mucho menos casarse para terminar viviendo en el hogar de otro hombre.
Rose tomó aire y desechó las sombras de sus pensamientos. Quería vivir. Simplemente.
Tras unos minutos de vigilancia constante y nerviosa, la joven consiguió despistar a su vieja nodriza que, para cuando quiso darse cuenta de lo que había ocurrido,  Rose había vuelto a marcharse.
o
El mercado de los domingos siempre era una buena opción para comprar muebles de corte clásico, baratijas y exquisitas piezas traídas de América. O por lo menos eso querían hacer creer los mercaderes, que llenaban la plaza con sus gritos y ofertas.
Marcus echó un vistazo a uno de los puestos del centro de la plaza, valorando rápidamente la calidad de la madera de un arcón oscuro decorado con delicadas filigranas de plata.
—¿Madera de nogal? —preguntó sin alzar la voz, más atento al baúl que al mercader.
Éste sonrió con autosuficiencia, casi con impertinencia, y se acercó.
—Por supuesto, señor. Esta hermosura viene de los nogales centenarios del centro de Europa. —contestó alegremente y dio un par de fuertes golpes en la madera.
—Ya veo. —murmuró Marcus a su vez y pasó una de las manos por la filigrana central del arcón. No tardó en darse cuenta de que aquello no era plata, sino una baratija muy parecida. Suspiró quedamente y se agachó mientras se preguntaba cuánto tardaría en cambiar la filigrana por plata real—. ¿Cuánto?
—Cuatrocientas libras, sire.
Al oír el precio Marcus enarcó una ceja y clavó su inquisitiva mirada en el mercader. No iba a permitir que nadie se riera de él. Al parecer, el comerciante también pareció darse cuenta porque se retractó rápidamente.
—Pero por ser usted, milord, lo dejo en doscientas cincuenta.
—Mucho dinero por un arcón que tiene de madera centenaria lo que yo de santo, y que tiene de plata lo que yo de mujer. —Bufó él y, como siempre que algo rondaba por su cabeza, se pasó una mano por el pelo, que ya rozaba la mitad de su espalda. Después dejó escapar el aire, lentamente—. Ciento cincuenta libras y te estoy dando mucho.
—Pero, sire… —protestó el hombre, aunque tras enfrentarse con la decidida mirada de Marcus optó por guardar silencio y asentir.
Marcus sonrió satisfecho y recogió el bastón que había dejado en el suelo. Después se incorporó y sacó su cartera, de la que extrajo la cantidad convenida. No pudo evitar un quedo suspiro al ver como desaparecía su dinero a manos del mercader, pero sonrió al ver como dos de sus sirvientes cogían el arcón y lo llevaban a su carruaje.
—Siempre es un placer hacer negocios contigo, Josh. —Marcus sonrió e hizo un breve gesto de despedida antes de girarse y volver a mezclarse con el gentío.
A esas horas la plaza rebosaba de actividad. El mercado, la misa que acababa de terminar y el buen tiempo, hacían de aquel lugar un excelente punto de reunión... a no ser que fueras de ésos que preferían un poco de calma.
Tras la compra, Marcus se alejó del gentío y continuó caminando por las calles cercanas al mercado. Sus pasos le llevaban aparentemente sin rumbo ya que, en aquellos momentos era incapaz de fijarse en nada. De pronto, sintió algo chocar contras sus rodillas: un niño pequeño, lleno de hoyuelos y con las mejillas sucias, que ni siquiera le miraba. Marcus se detuvo bruscamente y siguió con la mirada al pequeño cuando éste se apartó de él. El chiquillo le sonrió de manera traviesa y desapareció tras las faldas de una mujer, que lo regañó severamente.
Marcus sonrió ampliamente y sacudió la cabeza. Después aceptó las disculpas de la mujer llevándose una mano al borde de su sombrero de copa.
Niños...
En realidad, nunca había reconocido lo mucho que deseaba tener uno. El tiempo pasaba y, aunque se resistía a ello, ya empezaba a pensar que ese momento nunca llegaría. Sabía que aún no era tarde, si Amanda se quedaba embarazada…, Marcus sonrió brevemente ante esa posibilidad y observó al pequeño hasta que desapareció tras una esquina.
Amanda, su mujer, era una belleza inglesa, rubia, esbelta y de ojos claros. Era algunos años más joven que él y adoraba el lujo y la buena vida. A él no le importaban sus caprichos, ni algunas de sus excentricidades, ni siquiera el hecho de que se pasara la vida de fiesta en fiesta. A fin de cuentas, con el paso de los años, uno terminaba por acostumbrarse. Era cierto que, al principio, su matrimonio había sido únicamente de conveniencia, pero no había salido del todo mal. Transcurrido un tiempo desde la boda había surgido entre ellos no solo una buena amistad, sino también un cariño dulce y sincero que ya había solventado muchos problemas.
Marcus frunció el ceño levemente y giró la cabeza para buscar a su mujer, que había desaparecido tras un puesto de telas. Al no verla por la zona su incomodidad aumentó y se giró para buscarla, pero se relajó en cuanto la vio de espaldas, un poco más allá. No quería que le pasara nada y no podía evitar cierta sensación de malestar cuando estaban en un sitio tan concurrido. Sabía que a ella tampoco le gustaba así que mandó a uno de sus criados para que se quedara cerca de ella. Hombre prevenido vale por dos, pensó y continuó con el paseo.
El mediodía de un domingo no era un momento favorable para pasear. No había nada parecido a la calma, ni siquiera a la estabilidad. Solo había risas y gritos, olores vibrantes y algunos desagradables, miradas torvas y sonrisas breves. El domingo era el día perfecto para observar a Londres en su pleno apogeo.
Marcus tomó aire lentamente al sentir como la muchedumbre se cerraba en torno a él. Decidió alejarse poco a poco, aunque para ello tuvo que saludar a todos los conocidos que le detenían. Como siempre, esbozó una sonrisa perfectamente ensayada y se deshizo de ellos con habilidad y educación. A pesar de pertenecer a la aristocracia, Marcus no era como el resto. Disfrutaba de su posición, por supuesto, pero no veía la vida como lo hacían los demás. Para él, las fiestas, las cacerías y las carreras de caballos solo eran una diversión pasajera, y no una forma de vida. Por el contrario, él prefería quedarse en casa con el fuego encendido, con un buen libro y una copa de brandy. Eso, y hacer el amor con su mujer durante horas. Sin embargo... esa última costumbre se daba cada vez menos, ya que, con el tiempo Amanda se había vuelto muy fría y apática en según qué aspectos.
Tras una última sonrisa, Marcus consiguió desembarazarse de una pareja de lores y se alejó hasta el otro lado de la calle. Al sentir que tenía su espacio de nuevo cerró los ojos, se estiró y suspiró profundamente. De pronto, sintió algo chocar contra él y escuchó una maldición. Inconscientemente, Marcus estiró los brazos para evitar que la joven que le había golpeado, cayera.
—¡¿Pero qué demonios?! —Marcus dio un paso hacia atrás, sorprendido, pero no la soltó.
—¡Dios mío! —Rose se llevó las manos a la boca, sorprendida.
Durante unos segundos no dijo nada, pero dejó que su mirada vagara por el hombre con el que acababa de chocar: ojos azules, barba de tres días, alto y con una sonrisa ladeada que hizo que la joven se ruborizara y volviera a la realidad
Eh, vaya. Lo siento mucho, no lo vi.
Marcus soltó a la joven, recogió el bastón del suelo y se apoyó en él.
—¿Se encuentra bien?—preguntó solícito y observó el rostro ruborizado de la muchacha. Se encontró con unos ojos muy bonitos, oscuros y cálidos que en seguida le gustaron.
—Claro. ¿Y usted? —contestó ella precipitadamente, sin pensar en el protocolo y en los modales. Cuando se dio cuenta de lo que acababa de hacer, hizo una mueca de disgusto y volvió a empezar, aunque su tono se volvió un tanto sarcástico—. Quiero decir… sí, me encuentro muy bien, como nunca en mi vida. Gracias por preguntar, señor.
No pudo evitarlo, de ninguna manera. Marcus miró a la joven con curiosidad y con la sombra de una sonrisa dibujada en sus labios. Abrió la boca para decir algo pero, en ese momento, una ráfaga de aire arrancó el sombrerito de manos de su dueña.   
—¡Mierda, mi sombrero! —maldijo Rose e hizo amago de salir corriendo hacia él. Y lo hubiera hecho si Marcus no le hubiera cogido de la muñeca, dejándola tan sorprendida como para que se quedara completamente quieta.
—¡Edward, el sombrero!—ordenó y lo señaló con el bastón mientras se acomodaba la levita.
Después miró a la joven, verdaderamente intrigado. Era la primera vez que escuchaba la palabra “mierda” en labios de una mujer, y había sido una experiencia muy curiosa.
Momentos después, el mayordomo de Marcus se acercó con la prenda, casi en perfectas condiciones. Marcus lo cogió y tras retirar un par de hojas que lo cubrían, se lo tendió.
—Mis más sinceras disculpas, señorita, pero no esperaba verme tan agradablemente asaltado.—Sonrió suavemente y se llevó una mano al borde de su sombrero.
—Disculpas aceptadas, pero yo tampoco esperaba verme asaltada. —contestó ella a su vez y correspondió a su sonrisa. Después devolvió el sombrero a su lugar y se acomodó el velo de gasa sobre su rostro—. ¿Está usted bien?
—Perfectamente. —Marcus sonrió para sí y apoyó ambas manos en el bastón, una sobre la otra—. Solo ha sido un golpe. Creo que sobreviviré a ello—. Su sonrisa se hizo más amplia y, en cierta manera, burlona—. ¿Puedo preguntarle a dónde iba con tanta prisa, señorita…? —Se detuvo y esperó a que ella terminara la frase.
Normalmente Marcus no se interesaba por todas las personas con las que se topaba a lo largo de un domingo. De hecho, era precisamente lo contrario y pasaba por la plaza como un huracán que tenía prisa. Pero en aquella ocasión, su curiosidad se encendió tan deprisa como un reguero pólvora.
—Drescher. Señorita Drescher. —contestó Rose y enarcó una ceja. No podía dejar que una cara bonita la dejara sin habla, así que trató de cambiar las tornas y ser ella la que le dejara sin aliento a él—. ¿Y usted se llama…?
—Marcus Meister. —respondió lentamente y esperó a que ella reconociera su apellido. Al ver que su gesto se oscurecía por la preocupación, sonrió—. Es un placer, señorita Drescher.
Rose hizo una torpe reverencia y también sonrió, pero no con la misma naturalidad que antes. Sus movimientos parecían más forzados, y eso divirtió al duque. A fin de cuentas, seguía siendo la misma persona con la que la joven había chocado.
—Lo mismo digo, milord.
 La frialdad de sus palabras provocó en él un intenso vacío. ¿Por qué siempre ocurría lo mismo? En cuanto mencionaba su título, todo a su alrededor se transformaba. Marcus suspiró, decepcionado y observó a la joven que se incorporaba. No tenía nada de la belleza clásica, pero no podía negar que le parecía muy hermosa. Su pelo rojizo y su piel blanca hacían una combinación inusual y atractiva. Incluso la sinceridad de sus ojos le parecía interesante.
—¿Ha dicho Drescher? ¿Cómo el escritor?— preguntó, con curiosidad. Recordaba haber leído alguna de sus obras, pero no que tuviera una hija.
—Exactamente como él, milord. De hecho, es mi padre. —Sonrió brevemente, como había ensayado tantos tantas veces, pero tuvo que contenerse para no fruncir el ceño.
Rose adoraba a su padre y todo lo que él hacía, pero odiaba que la gente solo la conociera por él. Desde que se marcharon de Holanda, Rose pasó de ser “Rosalyn Drescher” a “la hija del señor Drescher”. Como si se tratara de una mascota o algo peor.
—Perdone mi ignorancia, pero no sabía que Vandor Drescher tuviera una hija.
La joven chasqueó la lengua, molesta, y tomó aire para relajarse. Aquel momento no era el ideal para dejar salir todos sus demonios.
—Poca gente lo sabe, milord. —contestó y trató de sonreír con amabilidad. Mentalmente repasó todas las normas de la buena cortesía para no parecer descortés—. Así que no se preocupe, es perfectamente normal que no me conozca.
Marcus sonrió de medio lado, divertido. Aquella mujer no tenía pelos en la lengua, y parecía no tener problemas para decir lo que pensaba. Era fascinante y extrañamente atrayente. En ese momento, el repiqueteo de las campanas de la iglesia le hizo reaccionar y salir de su ensoñación.
—Vaya, creo que estoy siendo muy maleducado, señorita Drescher. Si mal no recuerdo, usted tenía prisa por ir a algún lado, y yo la estoy entreteniendo. —dijo, no sin pesar, y sacó un reloj de plata de uno de los bolsillos del chaleco. Cuando vio la hora, suspiró—. Y ahora que lo pienso, yo también debería irme…—murmuró y miró a los lados de la calle, buscando a alguien. Su gesto se relajó al ver que una mujer, rubia y muy hermosa, se acercaba.
—Marcus, creí que te habías perdido otra vez entre los libros. —protestó la mujer y miró a su marido con reprobación—. Edward me ha dicho que has comprado otro mueble…, por favor, dime que es una broma.
A modo de contestación Marcus suspiró, puso los ojos en blanco y carraspeó. Amanda enarcó una ceja y fijó su mirada en Rose, que aún no se había movido de donde estaba.
—¿Con quién hablas, querido?—preguntó, esta vez de manera encantadora. A su espalda, Marcus contuvo un bufido y se adelantó para hacer las presentaciones.
—Ella es la señorita Drescher.
Amanda miró a la joven de abajo arriba durante unos momentos, hasta que se encontró con sus ojos, cargados de frialdad. Sorprendida, parpadeó rápidamente y sonrió con aparente amabilidad.
—¿Drescher? ¿Cómo el escritor? 
—Exactamente, milady. Vandor Drescher es mi padre. —contestó Rose y le devolvió la sonrisa.
—Entiendo. 
Marcus carraspeó suavemente y miró a su mujer.
—Señorita Drescher, ella es lady Meister. —Sonrió brevemente, solo para Rose—. Mi adorable mujer.
Tal y como rezaban las costumbres, Rose hizo una discreta reverencia y continuó sonriendo de manera forzada. En su vida había visto tanta falsedad junta, y no podía decir que se sintiera cómoda. De hecho, casi sentía repugnancia, no solo por ellos, sino también por ella misma.
—Un placer. —contestó, más por el hecho de ser educada que porque sintiera alegría al verla.
—Creo que tenemos alguna obra de su padre en casa. —Amanda sonrió con ligereza y miró a Marcus de reojo—. Son los libros que Marcus lee cuando se fuga de sus compromisos sociales.
—Amanda…—advirtió el duque con voz suave pero firme.
—Marcus, reconoce que tengo razón. Siempre que entro al estudio estás rodeado de libros o de alguno de tus condenados mapas. —Amanda miró a Rose, exasperada—. Ya no sé qué hacer con él. No consigo que se quede en mis reuniones más del tiempo estrictamente necesario.
Tras escuchar las críticas de la duquesa acerca de los libros y los mapas que tanto gustaban a la joven, Rose dejó escapar un bufido incrédulo, que disimuló rápidamente con una tos.
—Sí, menudo horror. —contestó con ironía y miró a Marcus, que le sonreía gratamente sorprendido.
Amanda miró a Rose con frialdad, consciente de la complicidad que tenía con su marido, pero continuó sonriendo.
—Pero se me ocurre una manera perfecta para que te quedes en la reunión del sábado. ¿Qué te parecería invitar a la señorita Drescher y a su padre?
Rose abrió mucho los ojos, sorprendida.
—Yo…
—Es una estupenda idea, Amanda. Creo que la mejor del día. —Marcus sonrió a su mujer y luego desvió la mirada a Rose—. Sería un honor que nos acompañara el sábado, señorita Drescher. —Será un placer acudir a su reunión, lady Meister. Aún no puedo confirmarle nuestra asistencia ya que…—Miró a Marcus de reojo y esbozó una sonrisa traviesa—. …como milord puede saber, mi padre es una persona horriblemente ocupada. Pero estoy segura de que aceptará, una invitación como ésta no se recibe todos los días.
Amanda aplaudió suavemente, y esbozó una amplia sonrisa.
—Perfecto, entonces.
—Mandaremos las invitaciones esta semana.—Marcus sonrió a la joven, claramente animado ante la idea de charlar con alguien que fuera tan afín a él—. Si su padre no puede asistir bastará con que la decline. Pero al menos me gustaría contar con su presencia, señorita Drescher.
La joven sonrió, complacida ante el hecho de que él prefiriera su compañía a la de su padre. Una oleada de felicidad y agradecimiento recorrió su espina dorsal y se acomodó en su pecho.
—Será un placer asistir si el tiempo me lo permite, milord. Pero ahora… —Rose miró al inmenso reloj de la plaza, preocupada—. Creo que debería marcharme. Mi nodriza estará buscándome y no creo que esté de especial buen humor, así que si me disculpan… —Rose hizo una reverencia a modo de despedida y se alejó caminando hasta  estar fuera de su vista.

Después, se giró y salió corriendo, ya que sabía que llegaba tarde. La hora de paseo de su padre  terminaba en unos minutos, y ella… estaba muy lejos de casa.


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miércoles, 22 de abril de 2015

Reseña: Castigo divino (Lorena Escudero)

Castigo divino 


Érase una vez un tal Dios del Amor,
o Cupido, como comúnmente suele llamársele ,
que andaba haciendo fechorías por donde se le antojaba.
Pero tantos fueron sus antojos que Zeus, desde el Olimpo,
pensó que ya venía siendo hora de pararle los pies a
Don Caprichitos, pues culpa suya o no,
ya no había hueco para el amor entre los corazones de los mortales.
¿Será Cupido capaz de aprender la lección y devolver el amor al mundo?
¿Podrá comprender algún día lo que realmente es el amor verdadero,
la esencia de su mismo ser?

Mi opinión:

¡Sí, he tardado mucho!
Lo siento de veras, pero he tenido mil cosas que hacer y no me ha dado tiempo a reseñar esta maravillosa novela... porque sí, ya os adelanto que es GENIAL, con mayúsculas.
De hecho, es una de las novelas más originales y divertidas que he leído y eso que el tema de la mitología griega está muy trillado... 
Pero, como siempre, empecemos por el principio.
Nuestra novela habla de la historia de Eros, ahora llamado Cupido, y de su mito con la conocida Psique. Aunque no lo parezca, será la base de todo el libro ya que, debido a su desengaño amoroso ( y a otras cosas que ya veréis), Cupido dejará de amar y se dedicará a hacer sufrir a todos los mortales.
Evidentemente, esto supondrá un problema para el mundo... y para él mismo, ya que su abuelo, Zeus, le castigará por sus actos... y le mandará a la Tierra, donde deberá aprender, de nuevo, su divino trabajo: dar amor.
Hasta aquí, el argumento y, en general, la trama de la novela. No me atrevo a decir mucho más, porque tengo ganas de que descubráis qué ocurre cuando se ve inmerso en un mundo que apenas conoce... 

Al otro lado de la línea hubo un silencio. Solía pasar. A las mujeres les atemorizaba reconocer que tenían que contratar los servicios de un gigoló, eran demasiado orgullosas como para admitir que no encontraban a nadie que las pudiera satisfacer. Me toqué el puente de la nariz con los dedos, frunciendo el entrecejo con impaciencia.
—Hola —dijo una voz de mujer, fuerte y firme, de repente—. Soy... Alma. Verás, he conseguido tu contacto a través de la página web y... He visto que ofreces todo tipo de servicios, ejem.
—Depende —la interrumpí.

Lo cierto es que me ha gustado mucho y que, aunque Cupido sea un capullo arrogante, le coges mucho, mucho cariño (incluso más que a Adonis) y eso hace, sinceramente, que leas la novela a toda prisa, sin importarte que las horas pasen. Eso, para mi gusto, es un punto ENORME a favor de la escritora, porque su manera de narrar es muy amena y divertida. Como digo, hace que 400 páginas te duren medio día... y que encima te parezcan pocas.
En cuanto a los personajes... pues hay de todo, como siempre. Respecto a los principales, Cupido, Adonis y Alma... me quedo, sin duda alguna, con Cupido. A pesar de saber cómo es y cómo actúa, vas enamorándote de él poquito a poco, hasta el punto de que, a veces, quieres pegarle con una silla por imbécil absoluto. Pero, ey, eso es que el personaje es bueno.
Tras Cupido... me quedo con Alma, porque, a pesar de no tener nada que ver con ella, me he sentido identificada con alguna de sus situaciones (como el momento depilación de piernas, :D) y ha hecho que la coja mucho cariño. 
En cuanto a Adonis... la verdad es que es uno de los personajes que menos me ha atraído. Sí, es importante para la historia y tal, pero... no ha terminado de llenarme.
Me ha pasado igual con los personajes secundarios, aunque me he reído mucho con ellos (el mejor, para mí, Hades)

Ante mí había un hombre con la cabeza semirrapada, el cabello restante moldeado en una cresta negra cuyos mechones puntiagudos apuntaban hacia el rojizo cielo. Sus ojos, del mismo color que su cabello y surcados por sombra negra, lanzaban chispas de furia. Una fina cicatriz recorría su frente y seguía hasta su mandíbula, cruzando su cara de lado a lado, y un anillo plateado perforaba su afilada nariz, cuyos orificios se abrían en señal de ira. A ese aspecto temible había de añadirle el hecho de que, a través de la negra capa que llevaba abrochada a su cuello, podían divisarse unos tatuajes del mismo tono, de formas tenebrosas, que cubrían casi todo su torso y bajaban hasta su cintura, donde se
perdían bajo su pantalón de cuero negro.

En definitiva, Castigo divino es una comedia romántica de las que gustan y de las que, sinceramente, deberían hacer una serie de televisión o algo similar. Mis más sinceras felicitaciones a la autora. ¡Espero que saque una segunda parte! (Ejem :D) 

Escena favorita:

Puff, hay tantas... pero me quedo con la de Morfeo y Alma y la escena final. Ambas me encantaron *_*

¿Dónde podemos encontrarla?

Como siempre, en el maravilloso mundo de amazon. ¡Justo aquí


jueves, 16 de abril de 2015

Ave María (Laura Maqueda)

Ave María


Sinopsis:

Escocia, 1.867. Tras sufrir años de enfermedad y penuria, contemplando cómo sus hermanos nacían y morían y su familia perecía a causa del hambre, Declan Parson no tuvo más opción que la de convertirse en sacerdote. Para un muchacho de apenas diecinueve años, la sotana que caía sobre su cuerpo se le antojaba una pesada carga que le había sido impuesta. Pero a pesar de todo, Declan ya se había resignado.
Aceptado su destino cuatro años después, nada le hacía pensar que su vida podría dar un vuelco cuando el obispado lo nombró vicario del pequeño pueblecito de Callander. En las verdes tierras de la alta Escocia, Declan aprendería el valor de la lealtad, la atracción que supone lo prohibido y el amor que una joven e inocente muchacha estaba dispuesta a ofrecerle.

¿Qué podemos encontrar?

Una historia de superación, sobre cómo vencer a las decisiones impuestas para conseguir lo que los personajes realmente quieren, sin importar las consecuencias. Ave María es la búsqueda de la felicidad donde ni siquiera importa Dios y las obligaciones que se puedan tener. Donde el fin es reunirse con la persona amada.


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Boda a destiempo

Boda a destiempo

Sinopsis: 

Tras abandonar su trabajo de especialista cinematográfico, Eli se ha convertido en uno de los jóvenes socios de la empresa Aventureros Extremos Anónimos. Es un hombre atractivo, divertido y alérgico al compromiso. Uno de sus antiguos amigos actores le pide que prepare su enlace en un pico de alta montaña y... Eli necesita ayuda.
Marnie acaba de montar su propio negocio de organización de bodas y no puede desaprovechar la oportunidad que supone planificar la ceremonia de dos famosas estrellas de Hollywood.
A pesar de que Eli y Marnie empiezan con mal pie, su relación se afianza poco a poco... hasta que Eli, muerto de miedo, decide huir al Amazonas. ¿Pero podrá olvidar la tormenta que los unió? 

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Bailando con el diablo

Bailando con el diablo

Sinopsis:

Es el más peligroso de los Cazadores Oscuros... Zarek no confía en nadie, a veces ni en sí mismo; tan solo cree en su habilidad para eliminar a quien se interponga en su camino. En vida sufrió el tormento de la esclavitud. Con los Cazadores Oscuros, de destierro y desconfianza. Sin embargo, sobre él se cierne ahora la condena definitiva. Todo su destino queda en manos de una sola persona, juez único de su existencia. Y es ella, Astrid, a quien Zarek finalmente abre una puerta que creía haber cerrado para siempre.

Booktrailer:

Este no es exactamente el booktrailer de la novela... pero sí un vídeo basado en ella. ¡Disfrutadlo aquí!



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jueves, 2 de abril de 2015

Reseña: Canción de amor (Julio García Robles)

Canción de amor



Valentine es una estrella internacional idolatrada por legiones de fans, la sensación del momento, la nueva reina del pop. Parece que nada le falta, siempre rodeada de glamour y riqueza. Su vida es un constante frenesí de festival en festival, siempre rodeada de gente que la quiere, de flases y de ramos de flores. Sin embargo, a salvo de conquistadores y galanes oportunistas tras un fracaso sentimental, es muy consciente del precio de la fama y de lo sola que está.
Será entonces cuando un joven desconocido atraviese, con tan solo una mirada, la coraza de acero que protegía su corazón. ¿Existe el amor a primera vista, ese instante mágico que puede trastocar toda una vida? Confusa con sus sentimientos más íntimos, Valentine decide iniciar una aventura de incógnito en busca del amor verdadero. Pero nada resultará fácil para ella, más cuando la tragedia acecha.

Mi opinión:

¡Menuda maravilla!
Y sí, antes de decir nada de la novela..., sí, reconozco que está llena de topicazos o que, en sí misma, es un tópico tras otro.
Pero, creedme... en cuanto la leáis dará todo, todo igual.
¡Empezamos!
En este la caso, la sinopsis es muy clara: chico anónimo conoce a chica famosa en un concierto. La trama, en realidad, no tiene mucho más, ya que en estas apenas doscientas páginas no se habla de otra cosa.
Valentine es una muchacha sencilla, a la que la fama le ha servido para tener una vida que todo el mundo desearía. Sin embargo, esta fama hace mella en ella ya que, al contrario de lo que todos piensan, hace que su vida sea mortalmente solitaria.
Por eso, basta una mirada, una suave y dulce mirada, para hacer que la coraza que se ha encargado de levantar en torno a su corazón, caiga de un plumazo.

No había podido olvidar a esa muchachita pecosa, a la cual le dio un beso en pleno concierto, ni mucho menos la mirada limpia, profunda y hermosa del joven con chupa de cuero que la protegía de la multitud, que la había hecho sentirse de nuevo enamorada… ¿por un instante? De hecho, solía ponerse a menudo uno de los vídeos que pululaban por Internet de su salto al pasillo del antiavalanchas, en el que mejor se apreciaba todo, para ver aquel beso y a ese chico.

A partir de ese momento, Valentine y Alex vivirán una historia cargada de emoción, de momentos muy dulces y tiernos y, sobre todo, lleno de un humor especial que guiará al resto de la novela. 
Si bien es cierto que la novela podría haber transmitido mucho más y hacernos suspirar con, prácticamente, cada página, no nos quedamos sin momentos así, sobre todo con la actuación de Alex.
De la trama no puedo adelantar mucho más, porque destriparía el libro, pero sí haré mención especial al motivo del título que, francamente, me ha encantado.
En cuanto a los personajes, son muy variados y sencillos, fáciles de querer.
Como principales, tenemos a Alex y  Valentine, ambos dulces, tiernos, bohemios y amantes de la música. Los dos enamoradizos y entregados el uno al otro.
Los secundarios, pero no menos importantes, son parte del círculo íntimo de Alex: sus hermanas, Martita y Paula, el señor Antonio y la señora María, sus padres, y Luis Miguel, un amigo (que, aunque no lo parezca, tendrá un papel muy importante al final de la novela)

Las notas de Canción de Amor sonaron y ella notó como su cuerpo caía preso de aquella terrible nostalgia que la invadía siempre. Comenzó a cantar, con sus falsetes y subidas de tono, e instintivamente buscó de nuevo aquel rostro familiar que había visto entre el público, mientras sus ojos se humedecían y las lágrimas comenzaban a recorrer sus mejillas.

Por último, hablaré de la narrativa de Julio... sé poco de él, y lo poco que he investigado me ha llevado a ver novelas que no tienen nada, nada que ver con la romántica. Sin embargo, me atrevería a decir que, a pesar de ello, se ha sabido defender muy bien, ya que ha logrado una novela divertida, fresca, sencilla (que podría haberme llenado mucho más, sí, pero que aún con todo, me ha encantado) y bien trabajada. (De hecho, me ha enganchado tanto que la he leído en un día)
Como única pega, que fuera tan cortita... y eso, que las situaciones quizá, hubieran podido enamorarme un poquito más. 
Pero, como he dicho, muy, muy recomendable para pasar un buen rato. 

Escena favorita:

Sin duda alguna, cuando Alex sale en calzoncillos y se encuentra con Valentine... no os imagináis lo que me he podido reír.

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Como siempre en amazon... o en la editorial, Tempus Fugit. ¡Justo aquí! 

miércoles, 1 de abril de 2015

Reseña: Contrato de honor (María Suárez)

Contrato de honor


Mara Rivera tenía pánico a volar, el fin de sus vacaciones llegaba y estar sentada en aquel avión la estaba matando. Mantenía los ojos cerrados y a pesar de no saber quien era su compañero de asiento podía sentir el seductor aroma del perfume del hombre.
—¿Señorita, se encuentra bien?
Esas palabras cambiarían el rumbo de los dos en el futuro.

Mi opinión:

Hacía mucho tiempo que tenía ganas de leer esta novela (desde que vi su éxito en amazon) y hoy, por fin, he conseguido terminarla (demasiado curro y demasiado poco tiempo para leer)
¿Qué puedo decir de ella?
Lo primero, quizá, es que sí, que me ha gustado. La historia de Mara y Lucas es muy bonita, muy romántica y muy dulce. 
Pero bueno, empecemos por el principio que si no, me lío y me pongo a dar vueltas... 
Con "Contrato de honor" nos encontramos con una novela romántica de las que, inevitablemente, gustan: chica trabajadora, con orgullo y decisiones y chico rico que aún no ha encontrado su verdadera meta en la vida.
Lo cierto es que la sinopsis no ayuda mucho a descubrir qué tiene de especial esta novela, pero iremos descubriéndolo  a medida que las páginas caigan. 
Mara es una chica normal y corriente, trabajadora y luchadora que inicia su viaje, precisamente, de vuelta de unas vacaciones. En el avión conocerá a Lucas, un hombre atractivo y caballeroso que la ayudará con su miedo a volar. Pero, ay, el destino a veces es caprichoso y hará que sea Lucas, precisamente, el nuevo jefe de Mara. 
A partir de aquí, todo se complica. Lucas, por un lado, quiere saberlo todo de Mara y ella... no quiere saber nada de él ya que, tras su encuentro en el avión, se siente engañada y estafada. (Por otro lado, lógico, ¿verdad?)

—¿Música? Se supone que están trabajando
—Cierto, pero le repito que ella se pasa las órdenes por los cojones.
¡Basta! Lucas ya había escuchado suficiente, lo único que había sacado en claro de aquella conversación era que ese hombre por el motivo que fuera odiaba a Mara Rivera.

Su enemistad irá creciendo a medida que a Lucas le lleguen rumores sobre la supuesta "libertad" de Mara en cuanto al sexo. Esto será decisivo en su relación, ya que, a partir de aquí todo se enreda irremediablemente.
Lucas, aprovechándose de su poder como jefe, obliga a Mara a seducir a su hermano... y hasta aquí puedo leer.
El resto es mejor que lo leáis, porque, de verdad, no tiene desperdicio. 

—¿Qué quieres decir que no será normal?
—Pues eso será como un trabajo. Habrá normas, firmaremos un contrato y deberemos cumplirlo.
—¿Un contrato?
—Sí. Será un contrato de honor entre nosotros, trabajaremos uno para el otro.

Si tengo que ser sincera, lo cierto es que, al principio, la manera de narra de María no me convencía. La edición tenía algunos fallos y eso me echaba un poco para atrás. Sin embargo, la historia me pudo y, al final, todo dejó de importar. 
Los personajes me enamoraron y sus motivos me encandilaron, eso fue, con diferencia, lo que más me atrajo de la novela.
¿Queréis saber más de los personajes? ¡Pues allá vamos!
Empezaremos por Mara, que es la protagonista:
Como ya he dicho, es una mujer de armas tomar: trabajadora, decidida, diferente (no suelo ver personajes tan cabezones) No es la típica belleza, si no una mujer normal y corriente que atrae a los hombres con su manera de ser.
Lucas, en cambio, sí es más "tópico": atractivo, millonario, con un pasado algo turbio. Al principio de la novela es un cabrón con pintas pero, a medida que le conocemos, se le va cogiendo mucho cariño y respeto. La verdad es que al final... ains, es un encanto.
En lineas generales, estos dos son los personajes principales. Hay muchos secundarios sobre los que podría hablar, como Dom, Maggie, Helen... pero si lo hiciera terminaría por hacer spoilers, así que me limitaré a decir que hay personajes que están muy bien hechos (Dom *-*)

En definitiva, ha sido una sorpresa muy agradable que me ha hecho sonreír con su final. ¿Recomendable? Por supuesto. 

Escena favorita: 

Sin duda alguna, cuando Leo empieza a hablar *_*
¡Me ha hecho muchísima ilusión!

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